El dilema latinoaméricano ya no es la hiperinflación


Para Brasil, debería haber sido un momento trascendental. El banco central del país recortó su meta de tasa de interés intradiaria, conocida como Selic, por quinta vez desde julio, y al hacerlo, envió el punto de referencia por debajo de la tasa de inflación más reciente. Desde un punto de vista práctico, la economía más grande de América Latina ahora tiene tasas de interés negativas. Este deslumbrante desarrollo habla mucho sobre la región en general.

La medida del miércoles, perdida fácilmente entre el drama de los mercados mundiales, demuestra perfectamente que las suposiciones de toda una generación sobre América Latina y sus asuntos económicos deben hacerse a un lado ahora. Por décadas, el problema de la región ha sido la inflación y el incipiente riesgo de las crisis de divisas y de deuda. La patología sobrevive en algunos lugares, principalmente en Argentina y en la desastrosa economía venezolana. No obstante, para buena parte de la región, el miedo a la inflación y a la inestabilidad ha sido reemplazado por un temor a la deflación y al estancamiento secular. Es un cambio considerable.

Brasil, al igual que muchas otras economías de la región, padeció de hiperinflación durante la mayor parte de la década de 1990. Desde que emergió de su última crisis de divisas en 1999, las tasas de interés muy por encima de la inflación han sido la regla.

Sin embargo, no hubo fanfarria después del último recorte de tasas, porque no hay nada que celebrar. El Fondo Monetario Internacional calcula que la región solo creció 0,1% el año pasado. La inflación ya no es una gran preocupación, pero la región ejerce poco control sobre su destino. Factores en el extranjero han motivado buena parte del declive. Brasil tuvo un auge en los años previos a la crisis financiera global gracias a los altos precios que pagaba el complejo manufacturero chino por sus metales. Ahora que el crecimiento chino se ha desacelerado y encuentra algunos obstáculos, los precios de los metales han caído en un mercado bajista de ocho años. Eso ha sofocado la inflación, pero también la limitado el crecimiento que la acompaña.

Los ministros de finanzas y los bancos centrales tampoco están muy contentos por la victoria sobre la inflación y la inestabilidad. Durante años, la broma sobre la Secretaría de Hacienda de México era que ocupaba la posición de “portero” del país. Al igual que en el fútbol, podía impedir que le metieran goles a México durante los ciclos de inflación, las devaluaciones de la moneda y las crisis de deuda. Y, en efecto, la última crisis interna de México y su último incumplimiento fueron en 1994. Años de controlar la inflación, construir mercados de deuda locales y controlar los déficits de deuda del gobierno han reducido considerablemente cualquier riesgo de crisis financiera considerable, incluso con un nuevo presidente de izquierda que asusta a los inversionistas.

El problema es que estas medidas han dejado a México sin opciones para avivar el crecimiento o expandir la economía. Puede que la Secretaría de Hacienda y el banco central proporcionaran al país un buen portero. No obstante, no hay señal de que los atacantes necesitaran salir a anotar goles y ayudar al país a crecer de la misma manera en que lo han hecho las economías asiáticas. México desea y envidia el éxito de Corea del Sur, y la divergencia en los destinos de ambos países dice mucho.

México fue el primer país emergente en organizar unos Juegos Olímpicos en 1968, en un momento en el que parecía unirse al club de los países desarrollados. A Corea del Sur le tomó 20 años convertirse en el siguiente país en desarrollo en organizarlos, y lo hizo en un un momento en el que su PIB per cápita acababa de alcanzar el de México. Los coreanos han padecido una importante crisis más recientemente, en 1997-1998. No obstante, ahora tienen un PIB per cápita que triplica el de los mexicanos. Esto pone el éxito de México para imponer la ortodoxia monetaria y fiscal en una perspectiva cruel. Puede que haya reducido el riesgo de una caída, pero no parece lograr mucho en términos de crecimiento.

Incluso el país más rico de América Latina parece haber llegado a un punto de quiebre. Chile, que se ha beneficiado de políticas económicas impecablemente ortodoxas desde la dictadura de Augusto Pinochet, se ha visto excesivamente dependiente de las exportaciones de metales. Ha seguido creciendo, e incluso ha reducido la desigualdad, pero a un ritmo dolorosamente lento. Las escenas más impactantes de América Latina el año pasado aparecieron cuando ardió Santiago mientras las personas salían a las calles, no por alguna terrible crisis de devaluación o incumplimiento, sino para protestar por un aumento en las tarifas del metro. El país simplemente no estaba creciendo lo suficientemente rápido para que los chilenos pudieran ahorrar para su retiro como es debido o pagar una buena educación.

Ahora que hasta Chile está abandonando la ortodoxia macroeconómica y se adentra en un camino políticamente peligroso hacia un referéndum más adelante este año, el cual decidirá sobre la redacción de una nueva constitución, queda claro que América Latina se enfrenta a un nuevo dilema, tan abrumador a su manera como el anterior. Para usar una frase acuñada por el exsecretario del Tesoro de EE.UU. Lawrence Summers, parece encontrarse al borde del estancamiento secular.

El problema de la región, en últimas, es que no está invirtiendo lo suficiente en las cosas que le permitirían crecer, como mejoras a la infraestructura y la educación. Hacerlo tomará tiempo y requerirá ahorros por parte de la población. Ahora bien, es comprensible que las personas estén impacientes luego de décadas de crecimiento lento. En México, en Brasil, e incluso ahora en Chile, los líderes están bajo presión para adoptar remedios populistas y hacer pagos de transferencias para enfrentar la desigualdad. Eso dificulta aún más encontrar los fondos para los cambios estructurales que podrían enriquecer a las poblaciones.

Mientras tanto, no hay mucho que los formuladores de políticas financieras que han derrotado la inestabilidad y la inflación puedan hacer. Con las tasas reales negativas de Brasil y las tasas bajas en casi todo el resto del continente, no hay mucho espacio para un mayor estímulo monetario, y los altos niveles deuda reducen las posibilidades de medidas fiscales. No es de sorprender, entonces, que la alguna vez inconcebible derrota sobre la inflación no haya causado mucho alboroto cuando por fin llegó.



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