El lugar donde terminan todas las ofrendas del 11-S


NUEVA YORK — Eran baratijas que hablaban de vidas arrebatadas.

Un frasco de arena de Oahu, Hawái, para una hermana que bailó en su costa. Una bufanda tejida, de color azul, para la sobrecargo que había tomado un turno adicional fatídico. Seis pedazos de papel de un cuaderno, cada uno con una palabra en español para el padre de cuatro proveniente del Bronx. “Hay gente aún que te ama”.

Los artículos fueron dejados en la plaza del Museo y Monumento Conmemorativo del 11 de Septiembre en el extremo sur de Manhattan, en Nueva York, sin expectativas de que permanecieran ahí más de una noche.

Sin embargo, incluso las ofrendas más pequeñas pueden expresar muchas cosas, por lo que estos objetos, junto con miles más, llegaron hasta el enorme centro de almacenamiento del museo. Ahí, artefactos de apariencia ordinaria —un pequeño oso de peluche, el caparazón de un molusco, un listón para el mejor de los papás— se consideran expresiones valiosas de luto que continúan la narrativa del 11-S.

Los monumentos conmemorativos improvisados son los primeros rayos de esperanza después de una tragedia; son declaraciones públicas de que alguien es recordado, de que algo bueno perduró. Incluso los afiches de los desaparecidos se dejaron en los muros durante años por respeto a las 2977 víctimas.


“De verdad se trataba de preguntar: ¿dónde comienza el paisaje de las ofrendas y dónde termina?”, recordó Lisa Conte, directora de Conservación del museo del 11-S.

Había una sensibilidad intrínseca respecto de las ofrendas para cuando el monumento conmemorativo se inauguró en la zona donde antes se encontraban las Torres Gemelas en el décimo aniversario del ataque.

“Habíamos tomado la decisión desde el inicio de que este sitio se limpiaría todas las noches para que cada vez que un visitante entrara, pudiera vivirlo como nuevo”, dijo Jan Ramirez, curadora jefa del museo. “Sabíamos que esos objetos debían quedar en algún lado, así que quisimos integrar la oportunidad de recolectarlos de manera respetuosa”.

El museo en sí puede ser difícil para los familiares, muchos de los cuales prefieren quedarse en el monumento conmemorativo externo con sus espejos gemelos de agua en cascada rodeados de páneles de bronce en los que se grabaron los nombres de las víctimas. También es una tumba simbólica para los cuerpos que jamás se encontraron.

“Sabemos que su sangre fue parte de ese terreno”, dijo Martha Hale Farrell sobre su hermana Maile Rachel Hale, que tenía 26 años cuando asistió a una conferencia de tecnología financiera en el piso 106 de la torre norte del World Trade Center.

Cuando Farrell, de 43 años, y su hermana, Marilyce Hale Rattigan, visitaron el monumento conmemorativo hace ocho años, llevaron coronas de flores, zapatillas de ballet, una bolsa de M&M’s, un minibalón de futbol y un frasco de arena para dejarlos en honor a Hale.

“La magnitud es sorprendente”, dijo Rattigan, de 46 años, “pero, para nosotros, siempre fue una pérdida personal”.

Las hermanas se sintieron contentas cuando se enteraron de que algunos de esos artículos estaban en exhibición en el museo. Una amiga suya que había visitado el lugar rompió en llanto al verlos.


“Esas cosas hermosas que dejamos para nuestra propia sanación están conmoviendo a personas que jamás la conocieron”, dijo Farrell. “Que la gente entienda el peso de la belleza que se perdió ese día permite humanizarla”.

Las ofrendas más comunes que se dejan en la plaza suelen ser flores, fotografías, banderas, parches bordados, animales de peluche, listones y tarjetas de oración. A menudo se usa cinta adhesiva o rocas para asegurar los objetos en los parapetos inclinados que rodean los espejos de agua.

“Solo hay una manera de hacer que la fotografía se quede ahí y que no se la lleve el viento. Debes pegarla a un palillo y ponerlo en la ranura”, dijo Corey Gaudioso, de 28 años, que ha traído fotos familiares a lo largo de los años para su hermana, Candace Lee Williams, estudiante universitaria de 20 años que estaba a bordo del avión que se estrelló en la torre norte.

“No queremos que solo sea un nombre entre muchos otros”, comentó.

La gente dobla sus cartas y las introduce en los nombres grabados. Algunas son generales y parecen haber sido redactadas rápidamente por un visitante que se sintió inspirado en el momento. Otras son más íntimas.

“Jim, ella ya es toda una señorita. Te sentirías orgulloso”, decía una para un detective del Departamento de Policía de Nueva York cuyos padres se quedaron a cargo de su hija para criarla. Colocaron la nota en el Memorial Glade, los monolitos añadidos en mayo de este año para honrar a los que sufrieron o murieron debido a enfermedades relacionadas con la zona cero.

Incluso los extraños pueden dejar palabras evocadoras.

“No te olvidaré. No ahora, no ahora que he estado aquí. Es extraño escribirle una carta a una persona que nunca conocí ni conoceré”, le escribió Eleanor Smith, de 15 años, proveniente de Welwyn, Inglaterra, a Christina Lee Hanson, que tenía 2 años cuando murió a bordo del vuelo 175 de United. “Sin embargo, parece importante escribir. Hacerte saber que eres recordada. Que, aunque no eres el único nombre que se encuentra aquí, yo encontré el tuyo”.

La tía de Christine, Kathryn Barrere, que en un principio creyó que un museo del 11-S era una idea vulgar, ha encontrado mucho consuelo en este tipo de ofrendas. “Esa debió ser una de las cosas más hermosas”, dijo Barrere, de 58 años. “¿Acaso los terroristas creyeron que podrían conmover así a alguien?”.

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Corina Knoll es una reportera de la sección Metro. Antes de mudarse a Nueva York, trabajó más de una década en Los Angeles Times. @corinaknoll

*Copyright: 2019 The New York Times Company



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