El señor Guaidó va a Washington


Joven e idealista, Jefferson Smith es convocado por el gobernador de su estado para completar el periodo de un senador fallecido. Es oriundo de un pequeño pueblo del Medio-Oeste, líder de los Boy Rangers (Boy Scouts). Tiene carisma, pero también es ingenuo e inexperto. Pues por ello es seleccionado, justamente, para ser manipulado y cooptado por legisladores más experimentados.

Un magnate de medios de comunicación colude con el senador senior de su estado para financiar una obra con el solo objeto de apreciar las propiedades del primero. Daban por descontado que el novato senador no pondría objeción, pero Smith se opone, resiste y se enfrenta a la maquinaria de la corrupción. Finalmente revela el ilícito y es reivindicado. Todo ello en el recinto del Senado.

Es el héroe solitario, como siempre indica el script de Hollywood, en este caso el servidor honesto que triunfa. Se trata de “Mr Smith Goes to Washington”, película de Frank Capra protagonizada por el célebre James Stewart. Es un clásico sobre la corrupción en la política, pero también sobre las dificultades de hacer cine en tiempos de guerra y de fascismo.

Se estrenó en Constitution Hall, en Washington, el 17 de octubre de 1939. Curiosamente, la película fue caracterizada como anti-americana y pro-comunista por buena parte de la prensa y la política; ello por retratar la corrupción de las instituciones de gobierno. Por lógica, fue prohibida en la Alemania, Italia y España fascistas, sin embargo. No era conveniente para dichos regímenes mostrar que la democracia es un orden político auto-correctivo.

El film también es una suerte de tour clásico por el Washington DC de los treinta, con imágenes históricas de los grandes edificios y monumentos de la capital de Estados Unidos: el Capitolio, desde luego, y la Casa Blanca entre otros. Los mismos lugares visitados en este viaje por Juan Guaidó, en lo que fue un bautizo de legitimidad internacional. Ello para entrar en tema, otro joven idealista que se enfrenta a una maquinaria criminal, a veces en idéntica soledad y con la misma inexperiencia que el Senador Smith.

De ahí la alegoría de la película y el título de esta columna. Me quedo con tres fotos de su viaje. Juan Guaidó en la galería de la Cámara de Representantes como invitado de honor en el “State of the Union”, ritual de la democracia americana. No solo lo invitaron, el Presidente Trump lo llamó “el verdadero y legítimo presidente de Venezuela”, lo cual fue seguido por una resonante ovación. No es un detalle menor que “interino”, “encargado” y demás adjetivos hayan quedado en el camino.

Segunda foto en el Congreso con legisladores de ambos partidos. Guaidó recalcó que su presencia produjo unidad en un momento de extraordinaria polarización. En parte ello es cierto, pero la unidad la produjo menos Guaidó que un lugar llamado Florida, estado con una gran población latina emigrada de las dictaduras cubana y venezolana, y que hace improbable llegar a la presidencia sin sus 29 votos en el Colegio Electoral.

Es positivo, desde luego, que Guaidó se suba a la idea del bipartidismo, muy necesario para que el apoyo de Estados Unidos sea consistente y homogéneo. Ello siempre y cuando sea capaz de identificar el verdadero respaldo que hoy le permite estar donde está. Solo debe recordar que la última administración Demócrata puso el foco en la paz en Colombia y el deshielo en Cuba, objetivo que intentaron fortalecer, ingenua y erróneamente, con la estabilización de Maduro.

En otras palabras, es un hecho que Zapatero jamás habría alcanzado el protagonismo que tuvo sin la venia de la Casa Blanca de Obama. Y, sin él—que, a propósito, viajó a Caracas ni bien Guaidó puso un pie en Washington—Maduro tal vez ya estaría disfrutando de sus merecidas vacaciones en Varadero.

Guaidó no estuvo donde se estrenó “Mr. Smith Goes to Washington” allá por 1939—en Constitution Hall, edificio localizado en la calle 17 y C—pero sí estuvo en la cuadra siguiente, en la OEA. Tercera foto, allí nuevamente fue tratado como presidente. Primero por el Secretario General Luis Almagro y luego por los embajadores de los Estados miembros de la Organización.

Juntos hablaron con la prensa. En las escalinatas de la puerta, sobre la calle 17, Guaidó dirigió un mensaje a la diáspora venezolana allí congregada. En la noche fría y bajo la lluvia, entonaron el himno nacional venezolano. La imagen de Luis Almagro cantándolo conmovió a los venezolanos una vez más. “Abajo cadenas” sonaba fuerte.

Se escuchó un grito desde la calle: “¡Almagro, tú te quedas. La reelección ya está decidida!”. Guaidó asintió, en una posición enteramente institucional, debe subrayarse. Es que esta misma semana la Asamblea Nacional que él preside votó unánimemente apoyar la continuidad de Almagro al frente de la OEA.

Es paradójico, los rivales de Almagro dicen que él es parte del problema y no de la solución de la crisis venezolana. Que la única institución democráticamente electa del país, y ergo legítima, piense lo contrario es una definición concluyente del tema.



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