Ex presidente de Costa Rica: estos centroamericanos no migran… ¡escapan!


Miles de centroamericanos se encuentran atrapados, desde hace varias semanas, en la frontera de México con Estados Unidos.

Salieron de su país en busca de un sueño y encontraron una pesadilla. Hacinados, muchas veces con hambre y frío, pero siempre sin esperanza, miran pasar los días lentamente, impotentes ante el ejército más poderoso del mundo que les impide entrar a territorio estadounidense, y unos anfitriones renuentes, quienes con buena voluntad pero sin recursos suficientes, tratan de evitar una tragedia humanitaria más, como en Europa Oriental o en el Magreb.

Hay un error de bulto en el análisis de este caso. Quienes han salido de Centroamérica hacia Estados Unidos (principalmente ciudadanas y ciudadanos del llamado Triángulo Norte) no migran, ESCAPAN de sus países de origen. Lo hacen por miedo y por hambre. Miedo de la inseguridad ciudadana, de las acciones de las maras y de otras manifestaciones del crimen organizado; de la falta de control estatal sobre amplias zonas urbanas y rurales de esos países y de las propias fuerzas de policía, corruptas hasta el tuétano según los propios Gobiernos del área.

Y por la falta de empleo, de agua potable, de servicios públicos de educación, salud y vivienda de buena calidad; de posibilidades ciertas de garantizarle a sus hijas e hijos un futuro al menos medianamente digno en el cual sobrevivir.

Quienes se van de Centroamérica no migran, han sido expulsados, echados, lanzados al vacío por clases dirigentes —políticas, económicas y burocráticas— que durante los últimos 150 años han lucrado y siguen lucrando de los más pobres y se han servido de las instituciones del Estado para expoliarles y reprimirles.

Peor todavía, esas mismas clases dirigentes se benefician también del esfuerzo de quienes han partido y logrado asentarse y sobrevivir en los países de destino. Lo hacen porque cada ciudadano que se va es un ciudadano menos que protesta y demanda en las calles de Centroamérica; y lo hacen porque quienes están fuera envían remesas a sus familias todos los meses, aportando con altas cuotas de sudor y sangre a las cuentas de los Bancos Centrales “libres de polvo y paja”, enriqueciendo a los comisionistas y agentes financieros que las tramitan. Tan grande desvergüenza da rabia y duele mucho.

Esa es la verdad a secas. La horrible verdad a secas.

Por eso no es de recibo “echarle la culpa” a Trump, a la “Migra”, a las Naciones Unidas, ni siquiera a los sanguinarios “coyotes” de lo que pasa.

Detestables como son algunas de las medidas que se han implementado para impedir el paso de los migrantes, inaceptable como es la trata y tráfico de personas y la violación masiva de los Derechos Humanos de los viajeros, los verdaderos responsables de esta tragedia son los gobernantes y élites políticas de los países de donde estos provienen.

Y principalmente por la corrupción, por la injusticia, por las mentiras, por el abandono y por la incapacidad con que han mal manejado la administración pública en connivencia con algunos sectores privados voraces y caníbales.

No hay soluciones fáciles al fenómeno universal de los flujos de movilidad humana, pero la experiencia ofrece algunas lecciones que deben atenderse. Primero, hacer cumplir las leyes con rigor pero sin odio, sin saña y sin revanchismo. No se pueden abrir incondicionalmente las fronteras sin convocar a un caos mayor revestido de xenofobia y argumentos populistas. Pero si se puede aplicar la Ley con dignidad.

Segundo, ofrecer condiciones de acogida que alivien la vida terrible de quien ha sido expulsado. En ello el apoyo de la comunidad internacional es irreemplazable.

Tercero, evitar por medio de medidas administrativas dentro del marco legal, el funcionamiento de las estructuras del tráfico y trata de personas.

Cuarto, aplicar medidas de seguridad, incluidas las biométricas, para evitar el riesgo de infiltración de criminales y terroristas reconocidos.

Y quinto, trabajar colectiva y multilateralmente para atender, por conveniencia y por decencia, un fenómeno que, como proclama el papa Francisco, siendo de algunos es de todos.

Luis Guillermo Solís Rivera es el ex presidente de la República de Costa Rica (2014-2018). Actualmente es profesor visitante del Centro de Estudios Latinoamericanos y Caribeños de la Universidad Internacional de la Florida. Esta opinión es estrictamente personal.



Source by [author_name]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.