Seis desconocidas anécdotas de Gonzalo Rodríguez, el piloto uruguayo más improtante de la historia que murió en un trágico accidente


Gonzalo Rodríguez: “Hoy se me trabó el acelerador del auto. Me preocupé. Cuando volví a subir me costó volver a agarrar confianza en el coche”.
Lilián Bongoll: “Hijo ¿y ahora cómo te sentís?”
GR: “Mamá, siento que toqué el cielo con las manos”.
LB: “Gonzalo, no digas eso. Eso lo dice una persona vieja, que ya vivió la vida”.
Gonzalo: “Mamá, ya cumplí con todos mis sueños, todo lo que alguna vez soñé lo conseguí”.

La charla entre el piloto uruguayo y su madre tuvo lugar el viernes 10 de septiembre de 1999, un día antes de su muerte.

Al otro día, el sábado 11 de septiembre, “Gonchi”, como se lo conocía, sufrió un trágico accidente en la curva “Sacacorchos” del autódromo de Laguna Seca en la clasificación del CART, actual IndyCar, la categoría de autos sin techo más importante de los Estados Unidos y la segunda en relevancia a nivel mundial en monopostos detrás de la Fórmula 1. Era su segunda carrera en la especialidad luego del debut en Detroit donde fue 12°. Su coche se salió de pista a 260 km/h y se estrelló contra un muro de concreto. El impacto hizo que su auto diera una vuelta de campana y cayera al otro lado del muro. Falleció en el acto por una fractura de la base del cráneo causada por el impacto contra el muro, protegido tan sólo por una débil fila de gomas. Las causas reales del choque no se confirmaron a pesar de algunas hipótesis sobre una nueva falla en el acelerador, rotura en la columna de dirección o problemas con los frenos.

Partía un joven de 28 años que aún sigue acelerando en los corazones uruguayos. Es que ningún corredor celeste de pista llegó tan lejos a nivel internacional. Luego de coronarse en el karting en su país y en Sudamérica, fue bicampeón en la Fórmula Renault Uruguaya (1989 y 1990). En 1991 se consagró en el Campeonato Nacional de Turismo. En 1992 fue subcampeón en la Fórmula Ford Española. En 1993 y 1994 terminó tercero en la FR Inglesa. Siguió en las Islas Británicas donde resultó octavo en la F-3 en 1995 y tercero en la F-2 en 1996, donde por falta de presupuesto dormía en un sillón del camionero del equipo Edenbridge. En 1997 se sumó a la Fórmula 3000, por entonces antesala directa a la F-1. Con la escuadra Astromega ganó en tres míticos circuitos: Nürburgring y en Spa-Francorchamps en 1998, y en Mónaco en 1999. En ambas temporadas terminó tercero en los campeonatos, con el valor agregado que en la segunda completó el podio post mórtem.

Sus éxitos hicieron que Roger Penske lo invite a sumarse a su escudería del CART. Rodríguez tenía una forma de manejar muy agresiva, pero con un talento para poder ir al límite. “Cuando llegué a Europa el primer mecánico con el que hablé me dijo ‘pero vos no tenés cara de indio’. Le pregunté por qué debía tenerla y él me preguntó si en Uruguay éramos todos indios…’ Por eso puse tres plumas en mi casco”, declaró una vez Gonchi sobre su diseño. Aunque también esas plumas podrían haber sido por ser un gran representante de la “garra charrúa”. “Tenía muchos cojones”, aseguró el colombiano Juan Pablo Montoya (corrieron juntos en la F3000 en 1998 y 1999). “Corría con el corazón. Tenía una gran habilidad y entonces podía hacer cosas con el auto que otros corredores no podían”, aseveró el inglés Christian Horner, ex piloto y actual director del equipo Red Bull de F-1. Estos testimonios están en el documental del año 2014 que recuerda al uruguayo.

Nacido el 22 de enero de 1971 en Montevideo, Gonzalo era hijo de un ex piloto de turismo, Jorge “Gallego” Rodríguez, de quien tomó su legado. A los siete años anduvo en su primera moto, a los nueve aprendió a manejar y a los doce tuvo su primer kart. Sin embargo, más allá de sus méritos deportivos, “Gonchi” también es recordado por ser una gran persona. Alguien que estuvo muy cerca es su hermana, María Fernanda, más conocida como “Nani” Rodríguez. Infobae habló con ella, quien contó algunas historias de su hermano, quien a modo celestial sigue estando presente para sus afectos y apareciendo en momentos claves.

“Gonzalo era muy amable, siempre con buen humor y haciendo chistes. Se reía mucho usando el lunfardo rioplatense. Muy leal y su círculo de amigos de la infancia lo conservó durante toda su vida. Pero esa lealtad también la tuvo con todos sus equipos, nunca culpó a alguien por un problema con su auto. Cuando las cosas no le salían no se peleaba con nadie. También fue muy generoso, algo raro en los pilotos o los tenistas que suelen ser muy individualistas. Él compartía mucho con su equipo y siempre correspondió a todos los que le dieron una mano en Uruguay. De hecho a nosotros nos faltan cascos y trofeos suyos porque él se los fue regalando a la gente que le dio una mano”, comenta.

Pero, más allá de sus logros ¿por qué lo aman tanto los uruguayos?. Nani tiene la respuesta: “Es que se brindaba mucho por su gente. Después de ganar en Mónaco en 1999 el equipo le informó que debía quedarse para continuar con los entrenamientos. Él les dijo ‘que no, que quería festejar con los uruguayos’. Fue así que logró negociar un viaje de tres días a Montevideo y me dejó en Europa con el equipo (risas). Gonzalo sentía que quería saludar a la gente de ANCAP (petrolera estatal), que lo apoyaba en su carrera, pero también saludar a todo el público. Lo recibieron en el aeropuerto con un camión de bomberos y lo saludaron como un héroe. Incluso Renault le regaló un auto y él se lo obsequió a mamá. El tema es que terminaron siendo como cinco días de festejos… Cuando volvió a Europa el equipo lo quería matar. Él les pidió disculpas y con los ojos brillosos, con sus cachetes todos rojos y medio riéndose les dijo que ‘se retrasó porque se había prendido fuego la torre de control del aeropuerto’ (risas). Los dueños de su escudería le respondieron ‘Gonzalo, podrías haber inventado otra excusa, pero está todo bien'”.

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Hasta hay una linda anécdota con un inspector de tránsito. “Gonzalo se daba con todo el mundo, sin importar quién era o qué hacía esa persona. Era muy espontáneo y fresco. Por ejemplo, una vez me paró un oficial de tránsito para contarme que él una vez lo hizo estacionar a mi hermano quien se pensó que se iba a comer una infracción. En realidad el señor era fanático del automovilismo y quiso pedirle un autógrafo. Luego, cada vez que Gonzalo estaba en Montevideo y pasaba por donde estaba el inspector, paraba para ponerse a hablar con él”, agrega.

Su forma de ser también lo hizo ganarse el corazón con los medios. “Era muy abierto y él mismo se esforzaba mucho para poder llegar a la prensa y mandaba faxes o cartas contando cómo le iba. Atendía el teléfono a cualquier hora o hasta devolvía llamados desde el medio más importante de Uruguay hasta una radio local. También se hizo querer en el ambiente internacional. Por ejemplo los austriacos lo querían mucho e incluso el canal ORF le pidió una vez que hiciera los copetes de unas notas. En una de las grabaciones no pudo parar de reírse y al medio le gustó tanto que esa imagen la usó durante todo el año“, recuerda.

A su vez, Nani explica porqué su hermano fue además su mejor amigo. “Me llevaba cuatro años y siempre que nos veíamos nos juntábamos para hablar. También sabía cómo darme una mano en los peores momentos. Hacia 1998 estábamos pasando un delicado momento en nuestra familia. Él estaba al tanto y me llamó desde Europa para decirme que me vaya para allá. Le dije que era imposible, que yo cobraba 400 dólares por mes y el pasaje costaba 1.200. Me dijo ‘vendé el auto, pagá tus deudas y venite, no podés perderte esto. Quiero que me acompañes en lo que estoy viviendo’. Fue así que vendí mi auto en 8.500 dólares, saldé mis deudas y me fui a vivir a España. Recuerdo que como él no tenía plata para pagar un auto para hacer el reconocimiento de las pistas, las recorríamos en bicicleta o a pie. Estábamos muy cortos de plata, pero eso no importaba, lo que valía es que estábamos juntos. Vender ese auto fue una gran decisión”, afirma.

“Me cuidaba mucho y era medio guardaespaldas porque muchos le pedían mi teléfono ja ja. Compartir esas dos temporadas con él en el exterior fueron dos de los mejores años de mi vida. Allá trabajé en la barra de un bar o de otros laburos para poder mantenerme junto a mi hermano. Conocí gente y ese ambiente fue el que me permitió luego poder armar la fundación que tenemos“, describe Nani, quien conduce la entidad que lleva el nombre de su hermano y se encarga de promover la educación vial. En mayo de este año inauguró una filial en Buenos Aires.

En tanto que cada vez que “Gonchi” se bajaba de su auto de carrera debía cumplir con una “cláusula” familiar. “Mi mamá le había dicho que ella debía ser la primera persona con la que hable ni bien se baje de un coche y que luego estaban los periodistas. Entonces Gonzalo la llamaba cada vez que terminaba una carrera o una clasificación. El día previo a su muerte él salió antes por una radio uruguaya donde contó que estaba preocupado porque se le había trabado el acelerador a fondo y el auto del CART tenía mucha potencia. Entonces ahí mi mamá esa entrevista, lo llamó y estuvo la famosa charla entre ellos”. Aquellas palabras de Gonzalo afirmando “Mamá, ya cumplí con todos mis sueños, todo lo que alguna vez soñé lo conseguí”, tenían un porqué. “Entendí a lo que se refería mi hermano: para el año 2000 tenía un contrato con Patrick Racing y por primera vez en su carrera iba a poder tener un sueldo fijo. Hasta ese momento él siempre corrió por los premios o al costo y vivía gracias al aporte de sus patrocinantes. También le iba a proponer casamiento a su novia María Clara, con quien había estado un año y medio, luego se separaron, pero después volvieron a juntarse”, admite.

“Me marcó ver con la entrega y felicidad que llevó adelante su carrera. Disfrutó mucho de todo lo que hizo. Por un tema económico nunca tuvo el ‘caballo del comisario’ para correr. En toda su carrera manejó coches de mitad de grilla. Lo que más extraño de él es todo. Siempre supo tirarme un salvavidas cuando sabía que estaba complicada. Fui y soy su fan número uno”, agrega. “Gonzalo se fue con la gloria. Aún hoy tiene una energía especial. Es nuestro ángel. Cada vez que en la fundación tenemos un problema, nos juntamos, ponemos un muro con una foto suya y le hablamos. Le contamos qué es lo que nos pasa y créase o no, a las 48 horas aparece una solución”, confiesa con emoción María Fernanda ya que “Gonchi” Rodríguez, donde quiera que esté, le sigue dando una mano a su hermana y a los suyos.

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